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UN DESAFÍO CRISTIANO: CUARESMA PARA CRECER

Hoja Borja correspondiente al domingo 21 de febrero de 2010. Para ver los números anteriores pincha aquí

01/03/2010 - En todo acontecimiento importante de la vida siempre hacemos presente un gesto. Como si no fuese suficiente que las cosas pasasen y necesitáramos dejar nuestra marca en ellas. Celebramos la vida y celebramos la muerte, celebramos la alegría y celebramos la pena. Ahí están nuestras procesiones y nuestros banquetes.

Todo gesto humano quiere expresar algo. Esto ya lo intuyeron los hebreos desterrados en Babilonia. Hicieron un gesto: se vistieron de saco y se cubrieron de cenizas. Con él expresaron una experiencia, una verdad: la de estar arrepentidos. La vestidura de saco y la ceniza fueron el símbolo de su arrepentimiento. Nosotros seguimos usando uno de estos símbolos, pero quizá hayamos perdido la vivencia cristiana que esconde. La Cuaresma comienza con un gesto, la imposición de la ceniza. Con él, queremos expresar un sentimiento, una realidad y es la necesidad de conversión y la importancia del ayuno. Cuando oímos estas palabras tal vez se despierta en nosotros un triple recelo, una triple sospecha.

Un primer recelo es pensar que la conversión y el ayuno son de una época ya pasada. Que hoy día tenemos regímenes de comida y dietas de adelgazamiento que son mucho más duras que un ayuno pasajero. Unas veces por necesidad y otras por imperativo social requieren gran esfuerzo por nuestra parte. Ayunar hoy puede incluso herir la sensibilidad de algunos: es hiriente hacer o ver que otros hacen un ayuno simbólico cuando tantos niños en África, cuando tantas personas en Sudamérica ayunan por necesidad. También podemos pensar que hoy día hay muchas conversiones desgraciadamente impuestas por la mala situación económica y laboral. Nos decimos que bastante tiene uno con encajar las circunstancias para que artificialmente se nos pida que sigamos convirtiéndonos. Ya nos estruja bastante la vida, y, no solo dura cuarenta días esta cuaresma "real". Podríamos decir al predicador de turno, ¿ en qué mundo vive usted?. Hasta aquí el primer recelo.

Un segundo recelo sería el creer que convertirse es algo que tienen que hacer los que no están aquí, los que no son creyentes, los que tienen malas compañías, los que están fuera de la sociedad o en los márgenes de ella. Un tercer recelo sería pensar que el ayuno es dejar de disfrutar la vida, como si Dios mirase con malos ojos todo lo que es placer y exigiese su renuncia. Aquello que quizá no nos hayamos atrevido a decir pero sí a pensar: “Todo lo que me gusta engorda o es pecado”.

Nosotros creyentes, ciudadanos de este Madrid y de este mundo de hoy, tenemos que convertirnos porque buscamos la felicidad, porque queremos vivir bien. A esto nunca podemos renunciar. No tiene sentido la Cuaresma como tiempo de tristeza aburrida y sin porvenir. Y nosotros también tenemos que ayunar porque ahí nos jugamos el ser libres. Convertirse y ayunar son experiencias profundamente humanas. 

¿Por qué convertirnos?

Si tuviéramos que encontrar un sinónimo de conversión sería el de cambio. No sé si habrá algo más humano que querer cambiar. Nos decimos muchas veces que tenemos que cambiar de forma de ser: que tengo que controlar mis prontos de cólera, mi dependencia para hacer las cosas de mis estados de ánimo, mi timidez que me juega malas pasadas, mi desorganización que me hace estudiar siempre con pressing y a última hora, mi orgullo que me mete en situaciones tan ridículas, etc... constatar esto en vuestra vida. Y no sólo queremos cambiarnos a nosotros mismos sino que queremos cambiar este mundo, hacerlo más humano, más justo, más habitable.

Y es que cambiar, cambiarnos, es una necesidad humana. Cuando somos pequeños los cambios nos vienen dados naturalmente con el crecimiento, pero en la medida que nos vamos haciendo mayores somos nosotros los que eligiendo, vamos dando una orientación a nuestra vida. En la medida en que marcamos en ella un rumbo salimos hacia delante. Pero llegan momentos en los que ese rumbo queda marcado por la inercia y ya no experimentamos que nuestra vida tenga sentido, que nuestro trabajo nos dé una satisfacción, que nuestra carrera tenga jugo o que nuestras amistades nos ayuden a crecer. Nuestras ideas quedan trasnochadas y mas que ideas son ya fijaciones, nuestras relaciones humanas quedan estancadas, nuestra ocupación se hace rutina y pierde sabor. Entonces se hace mas urgente que nunca que uno tome nuevos rumbos, que uno dé a su vida direcciones nuevas: ensayando nuevas amistades nunca uno tiene suficientes amigos , abriéndose a nuevas ideas o cambiando de ritmo de vida.

Es cierto que uno no se hace persona cambiando continuamente, por eso la Cuaresma es un tiempo concreto y no es todo el año, pero es un tiempo. Nos recuerda la necesidad de reorientar nuestro rumbo. Quien no pasa por “cuaresmas” en su vida, paga un precio muy alto, a veces tan alto como la depresión, la amargura o la soledad, en definitiva, paga el precio de su felicidad.

Convertirnos lo tenemos que hacer todos. Para que la conversión sea cristiana tiene que terminar en la solidaridad con los demás. Cuidado con que nuestro ayuno solo tenga como consecuencia el que aumente nuestra cuenta corriente en el banco y que nuestra conversión sólo se traduzca en una autocomplacencia con nosotros mismos. Quizá sea la relación con Dios en la oración, como lo fue para Jesús a lo largo de su vida, el medio más eficaz para que la conversión y el ayuno no terminen en nosotros, sino que tengan un efecto en los demás, en especial en los más desfavorecidos.

José Ignacio Vitón, sj
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