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San Ignacio: Dios en todoPublicado en la Hoja Borja.
30/07/2010 - Ver números anteriores aquí.
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Cuando, al final de su vida, el Padre Maestro Ignacio expresa la madurez de su experiencia espiritual, lo hace diciendo que "siempre y a cualquier hora que quería encontrar a Dios, lo encontraba" (Autobiografía, 99). Pero esta experiencia no es para Ignacio algo exclusivamente suyo, sino que la concibe como propia de la vocación de todo jesuita y de todas aquellas personas que, inspirándose en la espiritualidad ignaciana, quieren seguir de cerca a Cristo. Obviamente, esto no se improvisa, sino que es el trabajo de toda una vida. Buscar a Dios en todo implica la oración continua; pide estar mucho tiempo contemplando a Jesús mismo, para que en ese encuentro íntimo y sereno se nos vaya contagiando su modo de mirar. Exige también una constante gimnasia espiritual de adelgazamiento de nuestro ego para que, disminuyéndonos a nosotros mismos y saliendo de nuestros pequeños mundos e intereses, vayamos limpiando el espejo de nuestro corazón para que en él se refleje nítidamente el rostro de Dios. “Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo: ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?” (Salmo 41-42, 3). Iñigo recibió de Dios la gracia inmensa de su conversión a Él en Loyola. Pero tan generosa fue su respuesta que en la cueva de Manresa le concedió otro don no menos extraordinario: la experiencia mística de los EJERCICIOS ESPIRITUALES, que luego sintetizó en el librito que lleva el mismo nombre. Es una experiencia profundamente evangélica para ver el rostro de Dios, para hallar a Dios en todo. El fin del hombre en la tierra es vivir para Dios, procurando que todas las cosas de este mundo adquieran su sentido desde esa perspectiva. Pero como el hombre puede hacer un mal uso de su libertad escogiendo el pecado, ha de vivir en continua conversión para experimentar íntimamente la misericordia de Dios. Esta experiencia es tan fuerte que deseará vivamente interiorizar afectiva y efectivamente el Evangelio de Jesús de Nazaret para seguirlo más de cerca y así comprometerse con el Reino de Dios aquí en la tierra. Sin embargo, este compromiso no es fácil, está lleno de escollos; necesitamos una motivación que nos afiance en él, motivación dada en las contemplaciones sobre la Pasión y Resurrección del Señor. Los Ejercicios concluyen con la "Contemplación para alcanzar amor", síntesis maravillosa de este gran itinerario espiritual. San Ignacio de Loyola, además de ser uno de los grandes santos que han marcado la historia de la Iglesia, también es apreciado como hombre realista y práctico. Por eso en el librito de los Ejercicios Espirituales va intercalando entre meditaciones y contemplaciones unas reglas u observaciones que ayuden al buen término de la experiencia espiritual emprendida. El librito tiene un apartado final con este título: "Para el sentido verdadero que debemos tener en la Iglesia militante se observen las reglas siguientes". Naturalmente, no es el momento de explicar ni someramente el contenido de las 18 reglas de este apartado. Pero sí resaltar que Ignacio de Loyola vivió una época en que la Iglesia, personificada especialmente en la figura del Papa, era muy tendenciosamente atacada y criticada. Por eso estas reglas para sentir en y con la Iglesia son de gran actualidad en estos tiempos recios que vivimos los cristianos. De tal modo, que a la última Congregación General de la Compañía de Jesús, celebrada en el primer trimestre de 2008, pertenece este párrafo: "Esta Congregación General llama a todos los jesuitas a vivir con un corazón grande y con no menor generosidad lo que está en el corazón de nuestra vocación: 'combatir por Dios bajo el estandarte de la cruz y servir sólo al Señor y a la Iglesia su Esposa, bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la tierra' " (Decreto 1, 9). José Ruiz-Calero, S.J. |
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