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Hoja Borja sobre San José María Rubio

El 4 de mayo celebramos su festividad

19/05/2011 - Hacer lo que Dios quiere, querer lo que Dios hace

Fue la consigna del camino andado por el P. Rubio.
Cuando en 1875, a los 11 años de edad, entró en el seminario de Almería, era un muchacho que soñaba historias con sus amigos. Cuatro años después empezó sus estudios sacerdotales, que terminará en el Seminario de Madrid con 22 años. El 24 de septiembre de 1887 se ordenó allí Sacerdote.
Poco después celebró su primera Misa en la Catedral de S. Isidro, antiguo Colegio de jesuitas, donde tres siglos antes S. Luis Gonzaga, había decidido, ante el altar de la Virgen del Buen Consejo, entrar en la Compañía de Jesús.
A la muerte de su protector y mecenas el sacerdote D. Joaquín Torres, entra en el noviciado de la Compañía de Jesús en Granada: tenía entones 42 años. Y a partir de ahí comienza su vida apostólica en Madrid, desde el año 1911 hasta prácticamente su muerte, en 1929, acaecida en Aranjuez, en la casa noviciado de la Compañía.
Pero todo esto es historia. Lo importante en el P. Rubio fue su andadura de ascenso en la identificación con Jesucristo, que es lo que le llevó a vivir el carisma de los jesuitas, lo específico de la Compañía de Jesús.
Los Ejercicios Espirituales le fueron troquelando en una experiencia de cercanía con Jesús a través de la amistad con los pobres, los más amigos del Señor. Y el barrio de la Ventilla, en Madrid, fue el terreno de su dedicación.
Porque el núcleo duro de los Ejercicios, no es la santificación propia, sino la identificación con Jesús, la Palabra Eterna del Padre, cuya misión es la de convencer a la Humanidad, a cada hombre, del amor inmenso de Dios. Y a ello se dedicó con una entrega ejemplar. Esa entrega al prójimo le llevó a una cota de santificación grande, a una identificación, en su pensamiento y en su acción, con el Maestro de Nazaret.
Lo veían siempre cercano, con una cercanía que los acercaba a Cristo. Su mirada serenamente acogedora, sus palabras oportunas, su capacidad de sintonía con la necesidad del otro, eran las ventanas por donde filtraba el diálogo que constantemente mantenía con el Señor. Ese fue el atractivo de una persona que, por lo demás, era más bien callada, casi inexpresiva.
Y así Dios, por su medio, hablaba de su amor providente a una población que tenía motivos para la desesperanza. De su trato surgían para aquella gente sencilla cauces para la esperanza, para vivir acogidos en el corazón de una Padre que ama. Como Jesús, se sentía a gusto con los menos acogidos por la sociedad. Y así su paso por las calles de la Ventilla fue un reguero de luz, de comprensión y de amistad compartida y convivida.
Como Ignacio, también él se experimentó convocado al servicio de Cristo, y aprendió a ser compañero de las fatigas del Señor en los ministerios que la Compañía le encomendó.
En los Ejercicios Espirituales contempló la misión de Cristo como una respuesta de la Santísima Trinidad a las penas que afligían a la humanidad.
En sus subidas y bajadas por las calles empinadas y pobres de la Ventilla, contemplaba al Hijo encarnado nacido en pobreza, trabajando de palabra y de obra para establecer el Reino, que tantas veces pedía al Padre desgranando sus rosarios. Siempre confiriendo su trabajo con el Maestro en el que veía el modelo de la misión de la Compañía: predicar en pobreza, estar libre de ataduras meramente sociales.
Para el P Rubio, su familia eran las familias necesitadas, a las que visitaba y que acudían a él en busca de sintonía en el dolor y en la necesidad, y a su vez las hacia cómplices en el combate contra el pecado, con una generosidad total. Veía al Cristo resucitado presente en el sufrimiento de sus amigos del barrio, así se lo hacía ver y lo trasmitía desde su convicción más profunda, la que se alimentaba en su continuo diálogo con Jesús. Y eran muchos los necesitados y oprimidos en aquellos años duros del Madrid de los años veinte.
Como Dios estaba presente en sus dolores, también él quería hacerse presente a ellos, solidario y compasivo, tanto más cuanto más necesitados encontraba a aquellos vecinos. La misión del P. Rubio, como nos recuerda ahora la Compañía a los jesuitas de hoy, le llamaba a situarse en lo más íntimo de la experiencia humana, que es una experiencia de cruz.
Así fue cómo emprendió San José María Rubio el ministerio de la predicación con la confianza de que el Señor le aceptaba, como a Ignacio como servidor suyo, no porque se sintiera fuerte, sino porque resonaba en su interior las palabras de S. Pablo: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor.12,9).
Hizo lo que Dios quiere, y quiso lo que Dios hacía. Fue lo que marcó el ritmo de su corazón durante su vida de jesuita.

Francisco Espinosa Rojí, SJ
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