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Año Jacobeo

Publicado en la Hoja Borja

22/07/2010 - Ver números anteriores aquí.

Turistas

Es seguro que cuando nuestros muy remotos antepasados tomaron la decisión de asentarse en alguna tierra - en los casos más felices a orillas de los grandes ríos -, para no seguirse moviendo indefinidamente, el hecho significó un civilizatorio “paso hacia delante”. (Los seres humanos comenzamos a “tener raíces”. Es una densa metáfora, de cuya realidad no podemos privarnos.).

Pero el ser humano encierra “lógicas” contradictorias. (Podemos definirnos como un conjunto de insatisfacciones, nunca resueltas de un modo definitivo). Así, seguimos poblados por nostalgias de un futuro diferente: somos portadores de una permanente invitación al cambio. Sólo hoy la reiterativa publicidad del consumo nos promete el diferente futuro a partir de la próxima compra (que incorpore una innovación tecnológica). Así, en las que se denominan a sí mismas “sociedades avanzadas”, se ha conseguido el prodigio de un interior “perpetuum immobile”: cómo seguir siendo monocordemente el mismo, y no cambiar nunca, disfrutando simultáneamente de una permanente sensación de cambio.

Se podría objetar, tal vez, que la afirmación anterior peca de injusta. Porque, más allá de nuestros supermercados o nuestras tiendas elitarias, podemos experimentar incluso una nostalgia de nuevos horizontes - capaces de quebrar el monótono espejo de nuestros días repetidos -. Y modernamente, la globalización viene a ayudarnos en nuestra tarea. Con su riqueza de medios comunicativos - virtuales y físicos - nos proporciona los añorados horizontes. (Unos, virtuales, visualizados en la pantalla desde nuestras cómodas butacas; otros, reales, conseguidos desde la incomodidad de nuestros sucesivos aeropuertos). Obviamente serán horizontes exteriores, que nos puedan distraer de nuestros propios paisajes interiores, especialmente en el caso de que sean aburridos, fatigosos o inviten al decaimiento.
Lo que la globalización no hace es identificarnos como peregrinos. Nos hará viajeros: o mejor, turistas (los viajeros se acabaron en el s. XIX). “Ser peregrinos” sugeriría la esperanza de un cambio interior: en el horizonte del espíritu (donde no llega la innovación tecnológica).

Peregrinos

El año jacobeo viene a poner ante nuestros globalizados ojos, no sólo las vías por donde transitaron nuestros antepasados medievales, sino sus motivaciones religiosas. Y también un espíritu europeo de solidaridad con la que compartían albergues, sin pretensiones discriminatorias, durante su duro caminar.

“Ser peregrino” unificó mentalidades. Hoy el hecho de participar de algún modo en la marcha hacia Compostela - con facilidades añadidas por el desarrollo de las comunicaciones - no deja de ser un signo de algo en común.

De las multitudes que visiten Santiago de Compostela durante el año jacobeo, no tenemos la irrisoria e imposible pretensión de sopesar cuantitativamente sus intenciones. Religiosas, o turísticas, o como fueren (sospechamos que son predominantemente religiosas). También las hay sanamente deportivas. Siempre será saludable cruzar el Pórtico de la Gloria: física, espiritual, o estéticamente; o de las tres maneras a la vez.

Pero aquí nos preguntamos por la “condición de peregrino”. Una peregrinación vendría definida por la voluntad de llevar a cabo, por su medio, un viaje iniciático. ¿Cómo entender la realidad de este viaje?

Viaje iniciático es el que nos transforma durante su realización. El arquetipo de viaje iniciático, para nosotros los creyentes, vendría protagonizado por Abraham (¡también nosotros somos “hijos de Abraham”!). Viajero iniciático sería el creyente que en su interior escucha estas antiguas palabras (y las asume con esperanza y trata de trasladarlas concretamente a su vida): “deja tu tierra…para ir a la tierra que yo te voy a mostrar” (Génesis, 12, 1). Dios se ofrece como guía. Para quien acepte ponerse en marcha, encierran un ineludible “salir” (¿de dónde?) para “dirigirse” hacia otra parte (¿hacia dónde?).

La respuesta a estos interrogantes (de dónde, hacia dónde) es fundamentalmente íntima, y pertenece al diálogo del espíritu con Dios - tan cercano que su voz se puede “oír” -. La salida (el “de dónde”), en realidad, apunta al incombustible territorio de nuestro egoísmo humano. Es lógico que nos defendamos. Sin embargo, en la escucha de Dios, textos conocidos de los Evangelios adquieren ecos más punzantes: “el que quiera salvar su alma (a cualquier precio) la perderá”…”atesorad, más bien, en el cielo; porque donde está tu tesoro, allí está también tu corazón”…

¿Y el “hacia dónde”? Se abre a un futuro abandonado a la iniciativa de Dios. Pero sus perfiles, pera la humana demanda de “seguridad” nos resultan, en todo caso, inciertos. La “tierra” que Él nos va a mostrar es una interrogante dirigida a la entraña de nuestra fe. (Y la fe ha de traducirla en una serenidad confiada: “no os inquietéis por el día de mañana”…).

Desde esta perspectiva - más allá de las oportunidades del año jacobeo - la vida de todo creyente se transmuta en un viaje iniciático. Desde el bautismo somos llamados, en la maduración de nuestra consciencia cristiana, a salir de nuestro egoísmo - tan cerradamente individual - para dirigirnos hacia “la tierra que Él nos mostrará”. (Una “Compostela” personal, que es su Presencia en nuestro espíritu y nuestra relación con Él).

Esta Presencia no nos vacunará contra el dolor humano - no se trata de magia -. Ni mucho menos nos quitará la alegría de vivir. (Es posible que nos la acreciente: como quien encontró un tesoro oculto en el propio jardín). Pero, en cualquier caso, no habría que temer a este Compañero silencioso que se nos comunica y se ofrece como guía. A la espera de que nuestro viaje, definitivamente, desemboque en Él.

Javier Martínez Cortés, s.j.
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